Martín Kekedjian |
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Gustavo Villordo |
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Sábado 13 de noviembre - Anfiteatro (Parque Urquiza)
Lo primero que hizo Ricardo Mollo apenas asomó en el escenario del Anfiteatro fue mirar al cielo, y levantar sus manos en forma de bendición y agradecimiento por una noche tan perfecta. Divididos volvía a la ciudad para seguir presentando Amapola Del 66 y el clima no podía ser mejor.
El cielo lleno de estrellas y el aire libre que se contraponía a la anterior visita de la aplanadora este año, cuando en julio pasado había aterrizado en el salón Metropolitano. Aquella había sido la presentación del flamante trabajo que en marzo de este 2010 terminó con ocho años de sequía discográfica.
Y no solo el clima acompañaba, cuando Mollo ocupó su lugar en el escenario estaban detrás suyo la pared de equipos al repalo (con la que siempre había soñado), el cóndor Diego Arnedo en el bajo, el joven Catriel Ciavarella en la batería y un público (que colmó las escaleras del Anfiteatro) sediento del sonido aplanador que distingue al grupo. Todo listo para empezar.
El comienzo del show, con “Haciendo cosas raras”, mostró al trío más power que nunca, luego le siguió la guitarra furiosa de “Salir a asustar” y al rato un clásico con “El 38”.
A pesar de recorrer hits de todas sus épocas, el repertorio que el trío eligió hubo estuvo formado por siete canciones de Amapola, “Muerto a laburar” y “Mantecoso” pegaditas al principio y “Buscando un ángel” y “Hombre en U”, entre otras, en el desarrollo de la noche.
Diego Arnedo agradeció a todos por el apoyo recibido en los últimos días, en los cuales sufrió fuertes cólicos que hicieron que la banda suspendiera su presentación del 5 de noviembre en Villa María. La pancreatitis que el bajista tuvo hace tiempo provoca que, ante el menor problema de salud, se tome la mayor precaución posible.
Después de un comienzo sin respiros, llegaría el momento para que la banda se siente y baje los decibeles con “Como un cuento”, la hermosa versión renovada de “Spaghetti del rock” y “Par mil”. Luego de vuelta a la normalidad (y a la historia) con “Divididos por la felicidad” y “La mosca porteña” con el final zeppeliano y delicioso de “Whole lotta love”.
Cuando el trío estaba dispuesto a ejecutar “Amapola del 66” un papel y birome volaron desde la tribuna hacia el escenario, Ricardo Mollo entendió rápido el mensaje y se dispuso a estampar su autógrafo y el de toda la banda, para luego ir a entregárselo él mismo en la mano del ingenioso fan. Un acto más de la bondad del frontman y una idea muy novedosa.
El rosarino Facundo Nardone fue el único invitado de la noche para el slide en la stick guitar de “Boyar nocturno”, en “Voodoo chile” todo vale, desde las zapatillas que llueven siempre desde el público hasta la boca del propio Mollo. Pegado otro homenaje a otro guitarrista de lujo, la versión de “Sucio y desprolijo” que la banda ejecuta habitualmente en vivo desde que la grabaron en el disco homenaje Pappo y amigos, de principios de milenio.

En el final llegaron los clásicos de Acariciando lo áspero, “Paraguay” y “Aladelta”, infaltables en cada show. La segunda canción de Sumo en la noche “Nextweek” cerró un show de más de dos horas y media con el rock más aplanador que se pueda encontrar en los límites de este país.
La vuelta de Divididos a la ciudad mostró al trío más eléctrico y menos acústico/folclórico con respecto a su presentación de julio pasado. Lo que nunca cambia la esencia de esta banda, que con su nuevo trabajo ha renovado su propuesta. Las nuevas canciones mezcladas con los viejos hits forman una cajita (feliz) musical que resulta muy sabrosa a la hora de ser escuchada.